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Common Grounds: la (in)traducción de la cultura


¿Cómo se traduce la cultura? O, más bien, ¿es posible la traducción de la cultura? Si nos ceñimos al origen etimológico del verbo, tra|ducere -el traslado de una cosa de un lugar a otro-, la contestación parecería obvia. Nunca hemos tenido acceso a tanta cultura de distintas partes del mundo como tenemos hoy día. Basta, por ejemplo, con abrir Instagram desde tu reclinable en San Juan, rebuscar en Amazon o darse la vuelta por el mall para toparse con algún yoga mat de goma, hecho en Alemania, que usarás en la próxima sesión de Ashtanga (modalidad de la yoga propia de India, originalmente practicada sobre el suelo raso, superficies verdes, o sobre pieles de animal).


Sin embargo, si tomamos como ejemplo la traducción del lenguaje, la situación se complica. El intérprete de idiomas nos dirá que toda traducción, por más precisa, no es más que una aproximación más o menos fiel a la palabra o el texto original. Inevitablemente, dirá que hay algo que la traducción no logra trasladar, algo que siempre se queda fuera, que escapa todo esfuerzo por traducir. No es lo mismo enunciar el mantra Live, Love, Laugh que decir Sheng, Xiao, Ai (盛 肖嗳). No solamente porque son palabras fonética y morfológicamente distintas –que suenan y se escriben diferentes-, sino porque la diferencia entraña toda una manera distinta de significar y contextualizar, por tanto, de experimentar y vivir el mundo. Por más exposición que tengamos a ella hoy día, en la cultura y sus objetos también hay algo que permanece intraducible, o si se quiere, intransferible. 


Mirada desde esta perspectiva, más allá de servir como transportadora de objetos de consumo o nostalgia, la vasija traduce las maneras de vivir y significar el mundo que caracteriza a diferentes culturas. Lo útil y provocativo de la vasija no se debe únicamente a que facilita el consumo de la cultura a escala global, sino también, y quizás con más razón, al auténtico asombro que produce el poder presenciar de primera mano cómo en otros lugares la gente ve, habla, piensa y vive distinto. Aun contando con la fluidez que trae consigo la mercantilización de lo cultural, lo distinto de la cultura ajena permanece irremediable; ello será siempre algo por conocer, pero nunca conocido.


En su más reciente exposición, Common Grounds, Manuel Mendoza fija la mirada en precisamente este espacio intraducible de la cultura; espacio que a veces rellenamos con miedo u odio, a veces con interés u oportunismo, respeto y admiración, y que otras veces nos apropiamos de él para darle un uso nuevo y auténtico, hasta caricaturesco y risible.

Por: Juan Carlos Escudero de Jesús.

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